El dolor no llega para destruirnos.
Aunque a veces así parezca.
Hay heridas que no se cierran rápido.
Hay silencios que pesan.
Hay momentos que nos parten el alma.
Pero si respiramos hondo…
si miramos desde otro ángulo…
si dejamos de preguntarnos “¿por qué a mí?”
y empezamos a preguntarnos “¿para qué?”…
entonces algo cambia.
Lo que duele también enseña.
Y lo que rompe, a veces, abre un espacio nuevo para crecer.
No se trata de romantizar el dolor,
sino de reconocer que dentro de él
siempre hay una puerta escondida.
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